Logotipo Sylvia Klaip con letras Azul

Mis peripecias para comprar mi primera guitarra empezaron cuando, a los 13 años, quise aprender a tocar la guitarra.
Me apunté a las clases del instituto de guitarra española y me presenté el primer día con una guitarra acústica, que teníamos por casa desde antes que yo naciera.
Era más grande que yo y tenía unas cuerdas tan duras que me destrozaban los dedos de la mano izquierda al apretar las cuerdas contra los trastes de la guitarra.

Estuve tocando aquella guitarra unos días y tenía la mano en carne viva.
Decidí que era mejor comprar una guitarra española, como tenían todos mis compañeros de clase (un compañero me dejó probar su guitarra y la textura de las cuerdas no tenía nada que ver a las de mi guitarra).

En el pueblo donde yo vivía entonces era tan pequeño que no había ninguna tienda de música. Tenía que ir un par de pueblos más allá, a una tienda que me había recomendado el profesor de música del instituto.

Aquella misma tarde, fui a la estación de tren, compré un billete de ida y vuelta.
Salí de la estación y callejeé con las directrices que me habían dado, hasta llegar a la tienda (no recuerdo dónde estaba aquella tienda, solo recuerdo lo larguísimo que se me hizo aquél viaje para mí).

Llegué a la tienda, por suerte no había ningún cliente.
Me acerqué al mostrador, desde donde atendía un señor mayor.
Detrás suyo, había una repisa llena de guitarras españolas de todo tipo ¡Me sentía en el cielo!

Cuando el hombre me preguntó «¿qué quieres niña?» yo, muy decidida, le dije:
«Quiero comprar una guitarra española para mí».
A lo que el hombre prosiguió: «¿Cuánto presupuesto tienes?».

¿Presupuesto? pensé yo.
No había llevado conmigo nada más que el dinero del billete de tren y ya me lo había gastado…

«De momento he venido a mirar» le contesté haciéndome la interesante (el hombre ya me caló a la primera).

Me enseñó una guitarra española buena, bonita y barata, pero, todo y con eso… a mí me llevaría varios meses de ahorro para llevármela a casa.
Rondaba el año 1994 y valía 17.000 pesetas.

«¡Muy bien! Me gusta mucho, volveré de aquí a unos días y la compraré» le dije.
Y despidiéndonos mutuamente, salí de aquella tienda.

Empezaron mis cábalas para comprar mi guitarra

De camino a la estación de tren, mi cabeza era números y números, cábalas y cábalas, de cómo me lo iba a hacer para llegar a recaudar todo ese dinero que valía mi guitarra.

Mi madre me daba una “semanada” de 1.000 pesetas cada fin de semana (un dinerito para pagarme mis cositas semanalmente).
¡De ahí me guardaría la mitad!
Pero… a ese ritmo tardaría prácticamente dos años de ahorro

Dado que se acercaba mi cumpleaños y fechas señaladas para poder pedir regalos a mis familiares, decidí que ese iba a ser el primer año en el que solo iba a pedir dinero, nada más que dinero.

Mis peripecias para recaudar todo el dinero para comprar mi primera guitarra empezaron en ese mismo instante.

En unos meses tuve todo el dinero recaudado

Con mucho esfuerzo, tuve el dinero para mi guitarra en 3 meses ¡¡¡No me lo podía creer!!!

En cuanto tuve todo el dinero en mi haber, volví a ir a la tienda donde me atendió aquél señor.
Esta vez el viaje se me hizo muy corto jejeje

Entré en la tienda, esta vez tuve que esperar a que atendieran a un chico antes de que me tocara el turno.
Esperé pacientemente.

Una vez el chico se marchó, el hombre me miró y, iluminándose mi cara, le dije:
«Vengo a buscar mi guitarra».
El hombre me miró con cara de satisfacción y me dijo:
«Ahora me acuerdo de ti, vamos a ver tu guitarra, vamos».

Volvió a enseñarme la guitarra en el mostrador, volvió a recordarme el precio (17.000 pesetas) y, como quien acaba de romper su hucha de cerdito, le puse el dinero encima del mostrador.
Había billetes, billetitos, monedas y moneditas.
Al hombre le salió una gran carcajada y yo lo miré con cara de extrañada.
En ese momento no entendí el porqué de su risa (eso lo entendí unos días después).

Me mostró los dos tipos de fundas de guitarra:
una de una tela horrible de cuadros y otra con una tela dura, negra, preciosa.
Me preguntó cuál me gustaba más y le dije que la negra, así que me puso la guitarra dentro de la funda.

Luego, me preguntó si tenía algo más para tocar.
Mi respuesta fue un no (qué iba a tener… con lo que me había costado reunir todo el dinero para llegar hasta ese momento).

Me dio un par de púas, una cejilla y un silbato que hacía la nota LA para ayudarme a afinar las cuerdas de la guitarra.

Más que contenta, salí de aquella tienda llevándome mi guitarra encima.
Floté hasta llegar a casa.

Por fin estrené mi primera guitarra

La primera guitarra de Sylvia Klaip

Mi Primera Guitarra

Unos días más tarde, llegué a mi clase de guitarra del instituto.
Ya se estaba acabando el primer trimestre.
Los compañeros me vieron con aquella bolsa negra y quisieron ver mi nueva guitarra.
Fue ahí donde entendí la carcajada del vendedor.

Los compañeros me dijeron que, cuando ellos se compraron sus guitarras, la funda que venía de regalo con la guitarra era la de la tela horrible de cuadros, y que la otra negra tenía un sobrecoste.

Y que a ellos no les habían regalado ni púas, ni cejillas, ni mucho menos la nota LA para afinar la guitarra.

Comprendí que al hombre le había hecho tanta gracia mi peripecia, que me regaló todo aquello como recompensa a mi esfuerzo y tesón.

Qué pena que, después de todas mis peripecias para comprar mi primera guitarra, 6 meses más tarde de aquél día, me prohibieran tocar la guitarra…
Si quieres saber qué me pasó léelo en este post.

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