Ricardo tocando el bajo en un concierto

La historia de Ricardo Acedo

Era el jueves 23 de noviembre de 1950, la fría noche calaba hasta los huesos, aún así, Ricardo decidió que era el momento salir a conocer el mundo que le esperaba. En ese momento, Tere gritó a su marido para que llamara al doctor y, en unas horas, ya tenían a Ricardo, su primogénito, entre sus brazos.

Ricardo fue un niño muy querido y amado por sus padres. Unos padres que con gran esfuerzo y trabajo le daban todo lo que él necesitaba. Esto le ayudó a no olvidar que era un niño de baja cuna, pero también a apreciar lo bueno que ofrece la vida.

Ricardo con 4 años de edad

Entre sus 8 y 10 años de edad sus padres le dieron el mejor regalo que jamás podría tener, un hermano primero y una hermana después. Pasando a ser el Tete de la familia, sobrenombre con el que ya todos le llamaron. Pero también le dieron el daño más grande, el abandono de su padre.

Ricardo tomó las riendas de su vida y creció de golpe, transformándose en el “hombrecito” de la casa.

Ricardo con 8 años ejerciendo ya de papi

Su necesidad de ayudar a su madre no fue reñida con su gran pasión, que era la música. La pudo llevar a cabo gracias a que vivía en un barrio alejado del centro de Barcelona, al lado de las cocheras de los autobuses, dónde, justo ahí, se cocían las mejores mentes de la creación musical del momento.

La carrera musical de Ricardo

Etapa Inicial

Con 13 años empezó como guitarra solista en un conjunto juvenil de su barrio llamado Los Rangers, que con el tiempo se llamaron The Little Boys.

Al año siguiente, en 1964, siguió más en serio entrando en el grupo Los Topos, en el que ya cuenta con su primer bajo eléctrico.

Los dos siguientes años se enroló con Los Hits, en esta etapa Ricardo pasa a ser ya un músico profesional, donde adquirió su guitarra preferida: una Fender Precision. Con los Hits tocó todo el verano de 1966 en el «Club Go-Gó» de Calella de la Costa.

Ricardo con su guitarra Fender Precision

Etapa en la que se profesionaliza

Tras esta etapa inicial, se mudó a Madrid entrando en el grupo de Miguel Ríos. En este grupo estuvo los años 68 y 69. Participó en la grabación del LP Mira hacia ti, en los temas «Goodbye quiere decir adiós» y «No sabes como sufrí». Fue, tras la grabación de este LP, cuando Ricardo se consagra como bajista profesional.

Después de estos dos años con Miguel Ríos, entró en el grupo Aguaviva, trabajando en el disco Poetas andaluces. Gracias a este grupo inicia una etapa de «concienciación social» que se mostrará en épocas posteriores.

En 1970 se enrola en el grupo de Micky y Los Tonys y, más tarde, como acompañante del propio solista. Gracias a esto tuvo una buena racha de trabajo que prosiguió con el grupo Eddie Lee Maddison, cantante internacional de música soul, con el que se introduce en este estilo.

Ricardo en su etapa salvadoreña

En 1973, decide migrar y probar fortuna en El Salvador, donde residía su padre y le aceptó en su casa todo el tiempo que Ricardo quiso. En esta época del Salvador entra en el grupo Cameba’o, grupo de canción protesta, donde aflora su «concienciación social» forjada años atrás.

A finales de 1974 entró en el grupo de Lone Star de la mano de «Tapi», al que conició en la etapa en la que vivió en Madrid, para ocupar el puesto que Sebas, el bajista, había dejado. Para Ricardo fue un gran honor, tanto por entrar en el grupo como para ocupar el sitio del músico que admiraba desde sus comienzos en Los Salvajes.

Ricardo con los componentes de Lone Star en el estudio de grabación

El grupo de Lone Star le llamaba mucho la atención desde siempre y conocía todos sus éxitos como «Comprensión», «Mi calle», «Adelante». Le resultaban de una calidad distinta, por eso llegaron a convertirse con el tiempo en un grupo de culto.

A pesar de su juventud, su gran experiencia le ayuda a ofrecer una gran base al sonido de la banda. Con ellos grabó el single «El camino/Ashtar», Los LPs Síguenos, Horizonte y el maxi en catalán.

Portada LP «Horizonte», con Ricardo al fondo tocando el bajo

En 1978 fue el año de decadencia del grupo, del que Ricardo se marchó aunque realizó suplencias en 1979 como contratado.

En 1980 se enroló en el grupo Manzanita, otra vez de la mano de «Tapi». Con este grupo fue su última etapa como músico profesional. Aparcando ya el bajo y volviendo a su domicilio en Barcelona.

A partir de los años siguientes, escribió artículos y realizó entrevistas con destacadas figuras del mundo de la música para periódicos y revistas de música.

Durante los 80 e inicios de los 90, hizo arreglos musicales para el estudio de grabación de su hermano Jose María.

Desde 1998 fue cofundador de la Asociación Música y Comunicación, dónde se editaban libros y revistas del género y dónde trabajó toda su vida.

Lo que mi tío fue para mi

Ricardo no tuvo hijos, aunque, como te he explicado al inicio de este artículo, si tuvo 2 hermanos. De su hermana menor surgí yo, la que te escribe estas líneas. Yo fui lo más cercano a una hija que él pudiera tener y, durante una larga época de mi vida, él fue mi tutor legal y ejerció como un padre para mi, de lo que siempre le estaré muy agradecida.

De pequeñita lo veía como un hombre estrafalario. Con unas gafas de sol estilo aviador, y el pelo a lo afro, fumando como un carretero (para que te hagas una idea, cuando yo era pequeña él se encendía un cigarro con la colilla del anterior) y tremendamente perfeccionista. Sin embargo detrás de esa imagen «dura» también veía a un hombre muy cariñoso, extremadamente culto, un gran filósofo y siempre dispuesto a dar su brazo a torcer por sus amigos y familiares.

Desde bien joven conoció a mi tía querida, desde el día que la conoció no se separó de ella nunca más. Siempre han sido como dos agapurnis, para mi todo un ejemplo a seguir.

Ricardo con su mujer Emi

A menudo iba a su casa, dónde, los dos siempre nos recibían con muchísima excelencia y con música de Jazz de fondo. Cantantes como: Duke Ellington, Frank Sinatra, Count Basie, Quincy Jones, Fred Hersch, Martin Leiton, Toni Vaquer, Maceo Parker, Dave Holland, Charles Mingus, Bob Mintzer, Glenn Miller, Benny Goodman, Stan Kenton, Miles Davis, Thad Jones, Gerald Wilson, Kenny Wheeler o John Coltrane, eran los más usuales de escuchar cuando llegaba a su casa y durante toda la estancia que estaba allí.

Por lo que yo veía, aunque él había tocado muchos géneros musicales, el jazz era lo que más le representaba. Recuerdo como cambiaba con suma delicadeza cada CD por otro, cuando el primero terminaba. Parecía que se le iba a romper en las manos como si de una oblea se tratara.

En mi familia lo celebrábamos todo: cumpleaños, navidades y cualquier otra cosa que fuera motivo de celebración. Nuestras celebraciones siempre eran guitarra en mano y cantando un sinfín de canciones. ¡Me encantaba!

En la boda de mi tío, yo soy la que está cogiendo las figuritas y él, tranquilamente, me las va a quitar.

Recuerdo con mucho amor cuando era chiquitina que íbamos por la calle cantando la canción de La Bamba y ¡la del submarino amarillo! Y en las navidades nos deleitábamos con tooooodo el inmenso repertorio de villancicos (¡él y su mujer se los sabían todos!)

El disco de fondo que siempre había en su casa en Navidad desde que llegábamos, hasta que terminábamos de comer y ya empezábamos con nuestro repertorio musical era el de la navidad de Bing Crosby. Para mi las canciones navideñas de Bing Crosby son lo que le dan a la navidad su presencia. ¡Así que nunca me faltan estas canciones en Navidad!

Selfie con mis tíos en unas navidades cuando yo era adolescente

De pequeñita me ayudó a prepararme la canción que canté en mi comunión y la canción que canté en su boda. Ahí ya empezó a enseñarme a cantar e interpretar.

Con el tiempo yo seguí cantando por doquier y me ayudaba a ensayar muchas canciones ¡incluso interpreté canciones con él a la guitarra en una época en la que yo hacía teatro!

Ahora que soy adulta me doy cuenta de cómo sin darme cuenta, interioricé toda aquella música. Y, sobre todo, lo mucho que me parezco a él. Cosas en las que nos parecemos son en el amor a la música, la hospitalidad, la templanza en los momentos críticos, el temperamento en los momentos necesarios y el saber valorar todo lo que la vida nos da.

Mi recuerdo más bonito de él era cuando me miraba y me sonreía ¡me encantaba su sonrisa! siempre llena de amor hacia mi. Yo sé que fui una niña muy movida y que no paraba quieta, aún así él siempre me miraba con ojos de aceptación y de «todo está bien», realmente, eso me daba mucha paz.

Cuando ya era adulta e iba de aquí para allá con mi vida y mis cosas, me encantaba llamarle por teléfono y, cuando me preguntaba si me había pasado algo, yo le decía «solamente llamo para saludarte y charlar contigo», en ese momento le sentía respirar aliviado, como un padre cuando sabe que su cachorro está bien y empezábamos cualquier charla que nos llevaba para muuuuuchos minutos jejejeje.

El día de su partida

A principios de Julio de 2011 a Ricardo le dio un ictus. Y durante la semana siguiente le dieron más ictus. Mi tía lo llevó a todos los hospitales, todo lo que hizo falta hacer ella lo hizo.

Los médicos, extrañados no daban con lo que tenía porque, por lo que decían, no era normal tener varios ictus. A final de ese mes, tras muchas pruebas y análisis los médicos vieron que tenía tumores extendidos por todo el cuerpo y que no podían hacer nada por él. El tumor de la cabeza le provocaba mucho dolor así que, en el Hospital de San Pablo, dónde lo trataban, lo dejaron hospitalizado y lo sedaron. No sabían cuanto tiempo duraría, lo importante es que no tuviera tanto dolor. Yo no me moví de su lado en todo ese tiempo, intentaba hablar con él mientras estaba dormido. No sé si me escuchaba o no, yo quiero pensar que sí.

Su cuerpo todavía era joven y fuerte, así que la sedación se alargó a más de 15 días hasta que su enfermedad colapsó todos sus órganos. Nos dejó la madrugada del día 10 de agosto, quedándome con el alma rota.

La rapidez de su enfermedad no nos permitió hacernos a la idea de su partida y para nosotros fue como aquel padre de familia que se va de viaje y que en la carretera tiene un accidente y no llega nunca a su destino.

Aunque han pasado más de 9 años, su ausencia todavía me pesa mucho. No hay día que no hable con él, que recuerde cómo era, que hable de él y que piense qué consejo me daría. Tampoco hay día que deje de pensar cuánto le necesito a mi lado y no está.

Las dos cosas que identifican a Ricardo

De Ricardo hay 2 cosas que lo identifican y que en vida dejó muy claras para todo el que, después de su muerte lo quiera conocer:

  • El libro «El perseguidor» de Júlio Cortázar, que narra los momentos de la vida de un artista
  • La canción Pedro Navaja de Willie Colon y Ruben Blades
Portada el Perseguidor de Júlio Cortázar

Tenía un especial cariño a este libro. Cuando lo leyó por primera vez se sintió muy identificado. Lo leyó y releyó muchísimas veces, tantas que lo tenía guardado en el cajón de su mesilla de noche. Cuando él falleció, mi tía vió el libro, lo abrío y leyó esta dedicatoria que escribió él en la primera página:

«Si queréis saber algo de mi, leed este librito» Ricard

La canción de Pedro Navaja es una canción que le gustaba mucho, no parece que pegue con él pero el ritmo, la voz y lo que decía la canción le encantaba.

Con este artículo he querido hacerle un cariño recordándolo. Sobre todo esta semana porque el lunes pasado (el día 23 de noviembre de 2020) hubiese hecho 70 años. Edad a la que, todavía, hubiese sido joven para darnos tanto como nos daba y haber podido disfrutar más de él.

Acabo este artículo con algo que le dije en nuestras noches de hospital, cuando no sabía si me oía o no: «Has dejado mucho de ti en mi Tete».

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